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EL INFATIGABLE CANTO DEL CIRIRÍ / A Doña Fabiola Lalinde

Por Orlando Arroyave Á.


Doña Fabiola Lalinde durante la grabación de Amarillo. Fotografía: Diego Delgado 

Cristianía es un resguardo indígena entre montañas andinas deforestadas por cultivos pequeños de pan coger. En los días de lluvia, las nubes bajan por las montañas, cubriendo de neblina, agua fría y barro ocre la estrecha carretera que comunica a dos ciudades del suroeste antioqueño, Andes y Jardín, en la selva montañosa del noroccidente de Colombia.

Este caserío indígena se encuentra entre estas dos ciudades, en una pequeña explanada, a un lado de una carretera serpenteante y estrecha. Lo conforman casas de madera con techos de zinc, que se extienden en forma irregular sin más lógica que edificar y dar cobijo, evitando el barro resbaloso  que amenaza siempre cualquier firmeza del mundo.

Una mujer de pelo blanco, de impermeable y paraguas, trata de percibir las huellas del martirio de su hijo en la mañana, ya que en la noche una tormenta oscureció el caserío. Al llegar en la noche, con su hija Adriana y algunos amigos y simpatizantes de su causa, la tormenta arreció.

La tormenta ocultó las siluetas de las casas, anegó los caminos de barro, encenegó de agua sucia los patios y los gallineros. Algunas casas junto al camino se desplomaron por el torrencial de la noche. La tormenta acompañó la memoria disciplinada e indignada de esta mujer aquella noche. Ella entre sombras y aguas torrenciales atisbaba las huellas de un crimen.

A la mañana siguiente, fría, de lluvia terca, de montañas nubosas, los ojos de doña Fabiola ahora podían ver las montañas, los rincones, los caminos encharcados de barro espeso, los vestigios de un martirio y un crimen, que su memoria no deja de reconstruir. Estaba allí para rememorar y dar testimonio de un acto que avergonzaría a cualquier hombre, y al cual le ha dedicado casi 30 años o el tiempo que aún requiera para encontrar justicia, el bien más necesario y escaso de los hombres. Este bien es tan necesario como el agua o Internet.


                       
Luis  Fernando, era el mayor de sus cuatro hijos. Él caminó por estas tierras antes de su “detención”, el día 3 de octubre de 1984. Fernando tenía 26 años, y en el diciembre de aquel año recibiría el título de sociólogo.

Pertenecía al partido Marxista-Leninista, brazo político del EPL (Ejército Popular de Liberación), en negociaciones con el gobierno de Belisario Betancourt, quien igualmente dialogaba con el izquierdista nacionalista M-19.

Sin embargo no hubo paz durante esos acuerdos. Ella relata esa historia. El 24 de agosto, en Medellín, se firma, en una acto solemne, en el Museo de Zea (actualmente, Museo de Antioquia) un cese al fuego entre el EPL y el gobierno. En octubre de 1984, afirma doña Fabiola, el Ejército colombiano da comienzo a un cerco para aniquilar un contingente de este grupo guerrillero. Es rota así la tregua de cese al fuego entre el EPL y el gobierno. Hay un guerrillero herido, y Luis Fernando Lalinde viaja desde Medellín a dar una ayuda humanitaria. En la vereda Verdún, del municipio de Jardín, a la cinco y media de la mañana, el 3 de octubre de 1984 una patrulla del ejército nacional colombiano detiene a Fernando Lalinde cuando regresaba a Medellín.

De aquel día quedan testigos de la infamia. Las voces hacen memoria. A las ocho de la mañana de ese día, luego de su detención por tropas regulares en la vereda Verdún, del municipio de Jardín, es amarrado a un árbol al frente de la Concentración Escolar. Fernando tenía los ojos vendados, era insultado y  azotado. Se le ahorca y se le ahoga para que no pueda respirar. Una mujer que trata de darle agua al ultrajado fue apartada con insultos por los soldados. Un día pasó amarrado el joven Lalinde al árbol, sin agua, golpeado y vejado, mientras los niños y los profesores asistían a su doble jornada escolar.

A las seis de la tarde, es llevado Fernando a un camión, casi arrastras, con las manos amarradas atrás y ya exánime por las afrentas. Hasta ese momento era Luis Fernando Lalinde; luego sería un detenido-desaparecido, como hay en colombia por miles. Al menos, de acuerdo al representante de Alto Comisionado de la ONU, Christian Salazar, hay 57200 víctimas bajo la condición de desaparición forzada en colombia.

Doña Fabiola, su madre, recorre con pasos y con miradas el trayecto del martirio y desaparecimiento de su hijo, después de 27 años. Un acto que modificaría su vida. Ella rememora y reconstruye, con las evidencias que ha recogido por estos años, las huellas de ese crimen. Ella, en años contra el olvido, ha reconstruido fragmentos de ese acto contrario a la dignidad humana. Doña Fabiola se ha convertido en la detective de un crimen que no ha conocido la justicia, a pesar de las evidencias y la fuerza, casi sobrehumana, de esta mujer para romper la peor tragedia colombiana, en su constitución como nación: la impunidad como parte de la idiosincrasia nacional.

Los habitantes de estas veredas, ya adultos, niños cuando vieron a un hombre amarrado a un árbol, declaran, con la inocencia del que cuenta un prodigio, de los padecimientos y de los responsables de este crimen que ya pesa, de acuerdo a doña Fabiola, 50 libras, 25 kilos de impunidad: folios, cartas, denuncias, reclamos, pruebas forenses, hojas con sellos oficiales y miles y miles de fotocopias (una verdadera fortuna que ha llevado casi a la ruina a esta valerosa mujer).

Los niños de aquellos años todavía tienen memoria de las tropas de todos los bandos, tratando de tomar dominio de una selva que crece entre laderas. Disparos, hombres armados que caminan con sigilo por entre los matorrales, el ruido siempre reconocible de la guerra. Cada hombre de la vereda corre peligro. Soldados, de todas las siglas, recorren sus sembrados y patios, mientras los hombres y mujeres indígenas trabajan la tierra o buscan a sus gallinas o la muerte.

Pero la imagen que sobrevivió entre los horrores y pavores de esos niños de entonces es la de un hombre amarrado a un árbol frente a la escuela, como insólita estrategia pedagógica para sofocar simpatías.

Una historia de mujer

Doña Fabiola Lalinde durante la grabación de Amarillo. Fotografía: Diego Delgado 

Entre esas casas de zinc, entre barro ocre y riachuelos, doña Fabiola cuenta su historia, sus múltiples historias, las historias que ha contado una y otra vez, la historia de una mujer en que se mezcla su vida cotidiana con los grandes horrores de un país con el hábito de la guerra y la impunidad. Ella escribió alguna vez, contando la historia de esta “mujer sin importancia”, que nació “en la zona cafetera, a la hora del crepúsculo en que las cosas brillan más, en el pequeño pueblo, Belalcázar, en el Departamento de Caldas”, centro occidente de la región andina colombiana.

Fabiola, esa mujer con “nombre de novela”, nació de Fidel y de Fina, rememora. Vivió entre dos formas contrapuestas de percibir el mundo; su papá, un liberal radical; su madre, una mujer religiosa, de catolicismos férreos. Su padre un finquero, autodidacta, independiente; su madre, una maestra de escuela, con buena letra como para marcar diplomas y lápidas en los cementerio. Entre esos dos espíritus dispares, en sus cosmovisiones de mundo, había, sin embargo, acuerdos y respetos por la singularidad del otro. De ellos aprendió paciencia, tolerancia, solidaridad, justicia.

La familia se desperdigó. A los siete años la niña sintió cómo la guerra cambia la vida. La política, estrategia de exterminio y despojó, expulsó a su familia de esas tierras de verdes extensos y plurales. Su padre había sido concejal del partido liberal, y en la guerra le cobraron esa adhesión partidista. 

Las hermanas, Lucrecia y Amanda, son admitidas en un colegio de monjas. Fabiola, por ser menor de los cinco hermanos, se queda con su madre. A los cinco años, ya sabía leer y escribir. En su casa-escuela tenía tablero, tizas, cuadernos, libros y maestra.

Pasa de las cartillas escolares a leerle a su padre la prensa liberal. Lee las páginas de opinión de la prensa liberal, a veces no tan liberal, del periódico El Tiempo. Ella deletreaba… El-pre-si-den-te… la madre-maestra la conminaba a leer de “corrido”. Esa hora de lectura la dejaba exhausta.  La madre, para atenuar las ideas liberales que revoloteaban en esa cabeza infantil, leía con su niña La imitación de Cristo.

En esa tierra de piñas, mangos o manzanos, la pequeña adquirió el hábito de conversar consigo misma. Ella afirma que ese hábito lo tomó de tener largas conversaciones con su gallinita cubana.

Veía que la naturaleza, a los más indefensos, les daba una oportunidad. Un ave chica, el cirirí —veía la niña Fabiola— protegía a los pollitos de la comadreja y el gavilán. El instinto del cirirí lleva a acosar al depredador hasta que suelta la presa. El cirirí daba una cátedra ética y política a la niña para enfrentar las futuras adversidades.  

Entre animales y adultos vivía Fabiola. Su tía Jesusita, Chuchita, le hacía las trenzas mientras le hablaba de la Guerra de los Mil Días (1899-1902), la primera guerra que vivió cuando era una muchacha; o le relataba historias de la vida de los santos o la historia de espantos y duendes que hacían sus últimos recorridos entre esas tierras de montañas. Esas historias pacificaban a la niña que padecía de los tirones de su tía imbricando trenzas.

En 1952, siendo niña, Fabiola ve junto al río Magdalena los destrozos de la guerra. Haciendas quemadas y bestias desperdigadas al galope o tomando agua del río, sin amo. La guerra haciendo su recorrido consuetudinario por estas tierras en que la muerte tiene el rostro del homicida y el espanto del despojo.

En su vida desde pequeña aprendió a desenredar nudos. Aprendió, siendo niña, uno de los más antiguos oficios, tan propio de mujeres de otros tiempos, tejer, aprender a desanudar lana, cadena de hilos que te detienen con tu madre mientras tú quieres correr, ir a hablar con las gallinas o aprender de las artes del cirirí.

Ese oficio de desanudar la ha salvado de la desesperación, de la locura que es la derrota;  entrecruzar hilos y luego desandar los laberintos de nudos; los temidos nudos que hay que aprender a desanudar en cada paso de la existencia.

Y ese oficio lo ha aplicado doña Fabiola. Cómo destejer ese nudo que es la justicia colombiana o la burocracia que traspapela documentos, archivos, pruebas, reclamos; los nudos que tejen las brigadas militares, la burocracia jurídica, la impunidad, la poca conmiseración de los empleados de las múltiples instancias estatales que ven en la muerte de un hijo o un ser querido como una anécdota del día, como una pilatuna de las tropas, como una tarde descanso merecida, como una medalla con brillo inmerecido, como un nimio error de las labores del día, como un simple exceso o descuido. 

Buscando rastros en los no rastros
Fotografía: Jesús Abad Colorado. Bogotá, abril de 2010.

El 2 de octubre de 1984 le dan el mensaje a doña Fabiola de su hijo Fernando; salió aquella tarde, y dejó como recado, que si no regresaba aquella noche, retornaría al día siguiente. Llegó la noche y no llegó el joven Fernando. Ni su mejor amigo ni conocido alguno daban cuenta de Fernando. El 10 de octubre seguía igual. Consulta a Héctor Abad Gómez, presidente por entonces del Comité de Derechos Humanos de Antioquia.

Su hijo Jorge busca a Fernando por entre pueblos cercanos. Lleva una foto de Luis Fernando. Esas pesquisas dan los primeros indicios del crimen. El día 3 de octubre, en la vereda de Verdún, Luis Fernando había salido, luego de dormir allí, a las 5:15 a.m., a tomar un bus para Medellín. Soldados de las tropas regulares, sin preguntar o inquirir nada, lo apresan a los 5:30. Fernando recibe puntapiés, insultos, golpes.

En Cristianía y en las veredas cercanas, se relata la historia de un hombre amarrado a un árbol de yarumo, frente a un centro escolar, y luego llevado malherido a un camión militar, y nunca más visto.

Con esos testimonios doña Fabiola viaja a Bogotá. Hay múltiples evidencias que muestran que Luis Fernando fue capturado, en forma ilegal, por miembros del ejército colombiano. Se entrevista con generales, él Procurador General, él Procurador Delegado para las Fuerza Militares, funcionarios de Instrucción Criminal y otros organismos del Estado.

Nadie atiende a las denuncias. Desde entonces Fabiola llevará un diario con toda la información, fragmentada, que tiene: entrevistas, fechas nombres, promesas… Para cada solicitud, visita o requerimiento, doña Fabiola pide un sello y una firma del funcionario, formando, como herencia de sus luchas, un archivo que es la memoria más sistemática de la burocracia colombiana para lograr una impunidad ejemplarizante; paradigma para cualquier tiranía o democracia homicida. 

Por aquellos años pensaba doña Fabiola que delitos de lesa humanidad, como la “desaparición forzada”, solo ocurría en dictaduras militares latinoamericanas, cuyos ejércitos eran los verdugos de los civiles, estuviesen armados o no. Doña Fabiola confiaba, y no hay ironía en su voz cuando lo dice, en las Fuerzas Militares de colombia.

Ella, antes de esa búsqueda por encontrar a su hijo, había dado ayuda a 60 obreros que fueron detenidos por la Fuerza Pública. El criminal Estatuto de Seguridad, un invento del gobierno de Turbay Ayala, los había llevado a la cárcel. Después de una semana, los detenidos salieron sin menoscabo de su integridad.

Doña Fabiola se negaba a considerar que un país como colombia, miembros del ejército desaparecieran a contradictores armados o no. Las impunidades de aquellos años harían que el ejército continuará practicando por décadas estas acciones y otras prácticas que contravienen los tratados internacionales de los derechos humanos, cuyas infracciones son consideradas como crímenes de lesa humanidad.

Ella confiaba en el orden legal colombiano. Se reúne con el general Nelson Mejía Henao. El general niega que hubiese registro de Fernando Lalinde. Y un poco alterado, dice: “Aquí no hay nada. Nosotros no lo tenemos ni lo hemos tenido. Búsquelo”.

Doña Fabiola habló de sus pesquisas. El general responde que sí su hijo había estado en combates contra el ejército, seguro fue enterrado en un hoyo en el monte. El general no quería escuchar otra historia distinta a sus conjeturas.

En un informe que solicitó él general al momento, se decía que en la vereda de Verdún, en la fecha referida, las tropas habían detenido a dos hombres; uno de nombre Orlando Vera Muñoz, alias Aldemar; otro, un tal Jacinto N.N., dado de baja cuando intentó huir. Doña Fabiola pide ver el cadáver del N.N. Él general se opone y le advierte que si iba a la Procuraduría o a funcionarios estatales, no obtendría nada.

Días después el general, menos agresivo, le informó que Orlando Vera Muñoz, estaba detenido en una cárcel y que a él tal Jacinto N.N., se le había dado de baja; este caso se encontraba en el Juzgado 121 de Instrucción Penal Militar, a cargo del abogado Arnaldo Ayos. El operativo lo había llevado a cabo la Patrulla de Infantería No 22, y coordinado por el teniente coronel Bermúdez Flórez del Batallón Ayacucho de Manizales.

Con esos datos decide emprender su investigación. A solicitud de doña Fabiola, un organismo estatal, Instrucción Criminal, indaga por los detenidos en los últimos seis meses al director de la cárcel de Manizales. En esos meses no hay registro de un detenido con el nombre de Orlando Vera Muñoz.

Cada funcionario la enviará a otro, y ese otro a otro, y luego a otro. Ni jueces, ni comandantes, ni comisionados de paz, ni procuradores, ni presidentes de la República, dan información precisa de la desaparición de Luis Fernando, o él supuesto Jacinto N.N.   

Desanudar los nudos de la impunidad, en ese consiste el oficio o la vocación de Fabiola Lalinde desde ese crimen impune. Cada información es corroborada por doña Fabiola. Pero aparece una nueva información que conduce a un nuevo nudo. Los miembros del ejército niegan que tengan o hayan detenido a Luis Fernando Lalinde. Hay trece cadáveres sin identificar. Aldemar no fue retenido en Verdún sino en un municipio cercano, Riosucio, Caldas, y simplemente trabaja para el ejército, tal vez como informante. Él nunca ha estado detenido.  Su nombre real es Orlando Vera Muñoz. En cuanto al N.N., alias Jacinto, ya ordenaron su exhumación y su identificación. 

Al escuchar las contradicciones, las mentiras, los equívocos interesados, doña  Fabiola comprendió que estaba ante un caso de detenido-desaparecido como los que han ocurrido con todas las dictaduras militares, o embozadas en democracia, en América Latina, por miles.

Sin saber cómo, doña Fabiola hace parte de la hermandad ampliada que son las asociaciones y redes que defienden los derechos humanos. A través de Eduardo Umaña Mendoza, intelectual y defensor de los derechos humanos, hizo algunas averiguaciones. Umaña la pone en contacto con la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos de Colombia (ASFADES). Doña Fabiola escucha cientos de testimonios como el de su caso. En colombia hay detenidos-desaparecidos como en cualquier dictadura militar, y en número mayor a muchas dictaduras latinoamericanas. 

Doña Fabiola, desde aquel año, 1984, debe combinar sus múltiples funciones (madre, empleada administrativa, papá), con sus nuevos oficios, el de investigadora, que pesquisa los rastros dejados por los criminales de su hijo, y el de defensora de derechos humanos, apoyando a otros hombres y mujeres que buscan a sus hijos,  hermanos, padres, amigos, compañeros, vecinos, parte de esa comunidad humana sin domicilio registrado que son los detenidos-desaparecidos. 

La cárcel mata el miedo y despierta la dignidad

Esa impunidad burocratizada, que es la justicia colombiana, hace que doña Fabiola agote los reclamos ante las instancias jurídicas nacionales.  Con la ayuda del doctor Héctor Abad Gómez, doña Fabiola presenta ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos, en septiembre de 1985, una queja legal contra el Estado colombiano por el caso criminal contra su hijo. Voceros del gobierno colombiano, insistían, “agotada la investigación de rigor”, que en ningún momento fue capturado él señor Luis Fernando Lalinde por unidades de las Fuerzas militares.  

El 22 de septiembre de 1987, las evidencias conducen a este organismo adscrito a la OEA, a condenar al gobierno colombiano por el arresto ilegal y el posterior desaparecimiento de Luis Fernando Lalinde. Es la Resolución 24 de ese año. Caso 9620 (Colombia). El gobierno colombiano pide que se aplace la resolución para allegar mayores pruebas del caso, pero finalmente, el 16 de septiembre del año siguiente, se firma el acto jurídico de la Comisión Interamericana de condena al Estado. Esa resolución es la primera, pero no será la última contra el Estado colombiano, ante esta Corte, por violación de derechos humanos.

Esa resolución tuvo consecuencias para la existencia de doña Fabiola. El 23 de octubre de 1988 una patrulla de la Policía Militar del Batallón Bomboná allanó la casa de doña Fabiola. Era domingo y ella se encontraba en misa. Como siempre, luego asistir a misa, charlaba un poco con sus amigos y conocidos, hacía unas compras para el almuerzo, se tomaba un café con unas amigas y luego regresaba a su casa.

A su regresó vio que una parte del barrio estaba cercada por soldados. Algunos soldados se encontraban  parapetados en las azoteas de las casas del barrio.  Los vecinos contemplaban desde los balcones, entre las cortinas o en la calle, el allanamiento. Un vecino le dice a doña Fabiola, al verla llegar, que las tropas llevaban dos horas registrando su casa.

Ella sabía que eso podría suceder. Judicializar a los defensores de derechos en colombia es la forma más civilizada de eliminarlos. Ella entró a su casa con la serenidad aprendida desde la infancia; paciencia y persistencia.

Sus ropas estaban revueltas. El capitán del operativo estaba sentado en la cama de doña Fabiola escuchando los casetes que grababa ella del programa sobre derechos humanos y desaparición forzada que hacía él doctor Abad Gómez en la Universidad de Antioquia. Él doctor Abad había sido asesinado el 25 de agosto de 1987, antes de lanzar su candidatura a la Alcaldía de Medellín.
  
Estaban esperando a doña Fabiola. El cuarto de su hijo desaparecido, mantenido limpio y ordenado por su madre, a la espera de su regreso desde hacía cuatro años, se encontraba ocupado por militares que hacían pesquisas. Esos requerimientos militares tenían como botín, algunos libros de sociología, revistas semanales o periódicos callejeros de izquierda. El capitán conminó a doña Fabiola acompañarlo al batallón. Mientras doña Fabiola preparaba el bolso con sus llaves y documentos, el capitán se agachó y de un rincón bajo del clóset sacó una bolsa entre libros, revistas y ropas del ausente. Doña Fabiola escribe en sus memorias esa historia:
Con la bolsa en la mano el capitán pregunta:
—¿Y esto, señora?
—Pues, ¿cómo qué?
—Pues la coca —respondió con el paquete cerrado.
—¿Cómo? —pregunté sin entender de qué me hablaba.
Entonces, abrió la bolsa y sacó dos paquetes de plástico transparente y nuevecito que contenían una sustancia blanca. Pellizcó un paquete y probó.
—Señora, esto es coca.
—La verdad es que yo la coca la he visto en televisión.
—Entonces, ¿cómo explica la presencia de estos paquetes aquí?
—Capitán, eso lo tiene que saber mejor usted que está allanando esta casa.

Sin orden de allanamiento, fue conducida al Batallón Bomboná en Medellín. Era la dueña de la casa, así que era responsable por la droga ilegal que estaba en el clóset del cuarto de su hijo. Para capturar a esta mujer y a su hijo, quien decidió acompañarla, se desplegaron tropas y un operativo militar con el nombre de Operación Centella, operativo puesto en marcha en el marco de un paro nacional de trabajadores que se llevaría a cabo esa semana. Ella apareció en los noticieros nacionales y locales como “terrorista, subversiva y la jefa” narcoguerrillera de Antioquia. También mostraron la respectiva mesa de utilería con los decomiso  de las tropas: droga, banderas y granadas.

A pesar de su alma acongojada, ella lo tomaba a broma. Unas vacaciones pagas por el Hotel del Gobierno. Ella no estaba sola. La fila de hombres y mujeres que luchan contra las injusticias hicieron eco de un temor: esta mujer podía ser injustamente judicializada o desaparecida. Entre esos organismos dispuestos a vigilar su caso estaba el Grupo de Trabajo de Desapariciones Forzadas de Naciones Unidas. Ellos la protegieron de una injusticia mayor.

En la Biblia que leía en la cárcel encontró el capítulo de Lucas, La viuda y el juez. Allí estaba el consuelo, la esperanza, la dignidad recuperada, la justicia, en una palabra, “la insistencia”. Y recordó al cirirí; el pájaro chico que perseguía a los gavilanes.

A su hijo Fernando lo detuvieron las tropas bajo el marco de la Operación Cuervo. A ella en el marco de la Operación Centella. Ella bautizó la suya, con el nombre de Operación Cirirí, pues como dice el dicho popular, “Todo gavilán tiene su cirirí”.

Desde ese momento, Fabiola Lalinde se prometió respeto y dignidad por su causa. Ese gesto serviría luego a otros que luchan por el respeto y dignidad en medio del agobio, la desesperación, la injusticia, el asesinato, el acoso jurídico y la difamación mediática, en Colombia.  

La política necesaria del cirirí

Sale de prisión doce días después. Él juez concluye que la droga incautada no pertenecía a doña Fabiola y que el caso se daba por el enfrentamiento jurídico de la familia Lalinde y el Ejército colombiano. Ninguna investigación posterior se hizo para determinar quiénes habían puesto la droga ni los gestores del ardid criminal para inculpar a esta valerosa mujer.

De la prisión sale renacida. Fueron, para ella, los días más productivos e importantes de su vida. El miedo, con sus fantasmas, se quedaron en la celda.

Por aquellos días siguen las amenazas a ella y a su hijo Mauricio, quien luego se tiene que exiliar. La mujer que siempre ha tenido pesadillas, tanto dormida como despierta, cuenta la pesadilla que transformó a esa mujer de clase media, separada, con tres hijos en casa y el mayor “desaparecido”, en una buscadora sin sosiego de justicia, que es memoria y otro nombre de la dignidad.

No es que antes fuera insensible a las arbitrariedades de la justicia, pero sus ocupaciones de madre y padre, las tareas de oficina y los problemas a resolver en el hogar, no le dejaban tiempo para otros afanes.

Pero ese acto de injusticia con su hijo la convierte en una mujer que lucha contra un Estado diseñado, con sus leyes y funcionarios eficientes, para preservar la impunidad, la diosa del Estado colombiano, encarnado en múltiples gobiernos, jueces, investigadores. Una mujer que cree, por sus orígenes campesinos, formados en el respeto, la solidaridad, el sentido común, la sed de verdad, esa mujer no podía cejar en su empeño de justicia. Lo primero que hace la justicia colombiana es cansar al ciudadano en sus reclamos. Como la fiel caricatura de un acusado kafkaniano, a Fabiola le extravían folios, la envían de batallón en batallón, de general en general, de juez en juez, le piden firmas, sellos, matasellos, y más firmas y papeles. 

Ella no ceja. Cartas a los sucesivos presidentes colombianos desde aquel año. Demandas ante pequeñas y grandes cortes. El Consejo de Estado, en su mole de sapiencia y eficiencia administrativa, no ha respondido [2012], dice ella, una demanda radicada en el 2001.

Para lograr justicia doña Fabiola ha decido fundar el “partido de las mamás”. Ningún gobierno debería ofender a una mamá; aman a sus hijos aun después de muertos o desaparecidos. Pero un partido sin una metodología es inoperante, es un pobre partido sin consecuencias reales. Y doña Fabiola se ideó una acción política concreta: la Operación Cirirí. Insistir, reclamando justicia.

Su hazaña habla del tesón de esta mujer; en el reino de la impunidad, logró que colombia fuera condenada por un crimen de desaparición-forzada. El cirirí es el símbolo incómodo al paraíso de impunidad que es la justicia colombiana, con sus grandes y pequeñas instancias de justicia: Procuraduría, Defensoría del Pueblo, las múltiples Cortes con sus incompresibles subdivisiones, Vicepresidencia (en que él Vicepresidente funge como defensor de la impunidad Colombiana), Fiscalía, organismos de seguridad, etc.

Una oficinista se metamorfosea en detective
fotografía: Producciones el Retorno

La Operación Cirirí busca justicia, es verdad, pero también reconstruir la memoria de los crímenes de Estado. Para ello, en un sistema Estatal que no cumple su labor, mujeres como doña Fabiola deben dedicar parte de su vida en pesquisar las huellas borradas de crímenes como la desaparición forzada o ejecuciones extrajudiciales. Una mujer empleada y cabeza de hogar, como ella, debe pedir una jubilación anticipada por reiteradas amenazas de muerte en su casa y en su oficina, y una nueva captura, y dedicarse a una labor detectivesca, casi sobre humana, en un país de atávicos trucos de impunidad.

Ese crimen de Estado, la transformó. La desaparición de su hijo, la despertó a un país que ella no presentía o desconocía. Esto que ha contado lo ha reconstruido paso a paso.

Obtiene evidencias de ese crimen. El 14 de abril de 1992, siete años después de la desaparición forzada de Luis Fernando Lalinde Lalinde, logra que se exhumen los restos de N.N., alias Jacinto. En la primera exhumación, se encontraron ropas de Fernando y partes de los restos. Estaban esparcidos por el área; otros restos estaban bajo tierra junto a la raíz de un árbol.

En la segunda diligencia, 100 metros más arriba, subiendo un peñasco, diagonal a la primera exhumación, se encontró el cráneo, “en las raíces salientes de un árbol, que en la pendiente formaban una madriguera”. Su hijo quedó reducido, por miembros que representan al Estado colombiano, a 69 huesos en una caja de cartón.

Ese proceso de identificación tardó cuatro años. Y cuando ya se habían realizados todos los peritajes y análisis criminalísticos, que daban por supuesto que se trataba de Luis Fernando, se determina hacer una prueba de ADN mitocondrial. Él más importante genetista colombiano, Emilio Yunis Turbay, dictaminó que “los restos óseos N.N. no corresponden a un hijo de la señora Lalinde; estos resultados son suficientes, irrefutables e inmodificables”.

Sin embargo, los doctores Clyde Snow y Mary Claire King repitieron el estudio en los laboratorios de la Universidad de California, en Berkeley, con un resultado superior al 99%. Había consanguinidad con la familia Lalinde. N.N., alias Jacinto, y Luis Fernando eran el mismo individuo, muerto y enterrado clandestinamente.

Después de otros penosos laberintos burocráticos, los restos son entregados el 18 de noviembre de 1996. Ella le dará sepultura. Siente que no tiene los restos completos, pero sabe que lo importante es la justicia y la memoria.

Su tesón la llevó a encontrar los restos de su hijo. También ha reconstruido con testimonios lugar, día, hora y modo. En la vereda Verdún del municipio de Jardín su hijo fue detenido aquel 3 de octubre de 1984 a las 5:30, por la Patrulla de Infantería No. 22., del Batallón Ayacucho de Manizales. Su cadáver fue arrojado en la vereda Ventanas, límite entre Jardín y Riosucio, municipio del departamento de Caldas. La osamenta fue luego removida para destruir las huellas del crimen. Pero ella ha logrado reconstruir en parte este acto que deja una memoria oscura a la democracia colombiana. 

También ha conseguido los nombres de los que la conformaban, de acuerdo a las pesquisas de doña Fabiola los miembros que conformaban esta patrulla eran: Luis Enrique Bonilla Londoño, Iván Echeverri Gaviria, Rafael Ferreira Uribe, Javier Montoya Marín, Gustavo Flórez Rodríguez, Ancízar Gómez López, Carlos García Candamil, Bernardo Gómez Alzate, Hever González Bernal, José Hernández Laguna, Luis Ángel Lozano, Henry Mejía, Fortunato Moreno Noreña, Octavio Quesada Ramírez, José Hubert Quintana López, subteniente Samuel Jaimes Soto, teniente Manuel Jaime Soto, cabo Medardo Alberto Espinosa Areiza, subteniente Jaime Andrés Tejada González, teniente Luis Alberto Tobo Peña, dragoneante Jairo Moreno, capitán Jaime Enrique Piñeros Segura y él capitán Henry Bermúdez Flórez. Posiblemente las responsabilidades son distintas; pero no hubo esa investigación necesaria, que tipificara el grado de responsabilidad de cada uno de los miembros de esta patrulla. Cinco de ellos fueron condecorados y ascendidos; cuatro fueron enviados al exterior; y los demás reubicados en otras unidades militares. 

Ella, con su propuesta ética-política, que ha bautizado como Operación Cirirí, ha logrado la verdad. No la verdad plena, pero ha logrado la verdad; ahora busca justicia. Los años pacifican los furores. No así a doña Fabiola. Su furor es la justicia. Como repite una y otra vez, está pendiente la justicia, pero no hemos renunciado a ella.

A ella no la guía el odio o el resentimiento; busca justicia y que ese crimen y todos los crímenes de lesa humanidad no se repitan en este país y cualquier lugar del mundo. Ella es célebre. La invitan a seminarios, actos de memoria, noticieros. Ella va a todos. No es el afán de notoriedad lo que la anima, sino porque son los escenarios para presentar su larga historia en contra de la impunidad. En los noticieros la llaman como un ejemplo, pero los periodistas no saben de qué trata lo que ella habla. Sus palabras quedan tan bien editadas que en el noticiero no dice nada. A pesar de los desprecios de muchos, todos los Colombianos que creen en la dignidad humana, como creyentes religiosos o no, debemos agradecer su persistencia en busca de justicia y memoria. El padre Javier Giraldo ya había dado las palabras justas, a los 25 años de impunidad, las “Bodas de Plomo”, como las llama doña Fabiola, de la labor ejemplar de esta mujer: “Gracias, Doña Fabiola, por invitarnos constantemente a leer el mensaje encriptado en estos despojos mortales: el mensaje de una dignidad humana que no se destruye con la tortura,  ni con la cárcel, ni con las humillaciones y afrentas del poder, ni con la muerte más ignominiosa; el mensaje de un ideal de justicia, que aún desde las impotencias y las derrotas de sus intentos, hace brillar la superioridad ineludible de su virtud y desvela la vileza de nuestras injustas estructuras. Gracias por su constancia y por la dignidad insobornable de su caminar”.

Los viajes son duelos
Encuentro de mujeres y pueblos de las Américas contra la militarización 2010 - Doña Fabiola con  familiares de víctimas de ejecuciones extrajudiciales  Fotografía: Diego Delgado 

Los viajes de retorno son duelos. En los viajes desanudamos la memoria. También nos transformamos; dejamos de ser los mismos, lo mucho o lo poco que somos, qué importa, ya no es. Y doña Fabiola llega a ese caserío a ver la tierra en que su hijo fue ilegalmente detenido por el ejército. Un acto que no ha dejado de transformar su vida.

Ella quiere reconstruir las huellas del martirio de su hijo. Acompañada de su hija y de un pequeño equipo de filmación, quiere hacer ese recorrido por los sitios donde su hijo fue vejado, humillado, torturado, asesinado y luego ocultado su cadáver.

La tormenta ha hecho sus estragos. Varias viviendas de la comunidad Embera Chamí, al lado de la carretera, se desplomaron en la noche. La carretera, que lleva hasta la vereda de Ventanas, está bloqueada por un derrumbe de barro y piedras.

En una pequeña tienda se escucha la radio comunitaria; cantan juglares de voces hermosas y melancólicas en lengua embera; o Juan Gabriel y Diomedes Díaz que cantan en español sus cursis poesías de siempre.

Los jaibana (maestros, médicos, guía y doctos en experiencias humanas) conviven con niños que corren y juegan, con jóvenes y adultos que patean una pelota que domestica el barro, con los ladridos del usa (perro en lengua embera), con el gallo que busca, con su canto, a una en su harem, con los sonidos de la lluvia al caer en los tejados de lata y en los charcos pardos.

El viaje se suspende. No se podrá ir al lugar donde se encontraron los despojos de Luis Fernando. El mal clima; la mala carretera. Pero no importa. Con la generosidad propia de esta comunidad, se adecúa en una sala de una casa, un altar para que el  joven chamán Juan, haga su ritual. Se repara, se celebra la vida y la memoria, se limpia un crimen que ha manchado su tierra y que ha dejado un gran dolor en la memoria de su comunidad. 

Es una ceremonia emotiva, de entrega y catarsis. El duelo, que no cesa, logra una vez más, como en un calidoscopio, traer recuerdos, sensaciones, revivir unas, recrear otras, inventar nuevas. Hay llanto, plegarias, tabaco, canciones de adiós y muerte en lengua embera, aguardiente, un almuerzo común con vecinos, chamanes y forasteros, un acto de curación y memoria.

Ese ritual es la fusión corporal entre lo terrenal y lo simbólico. Luis Fernando Lalinde era algo más que un nombre. Era un eslabón de la memoria. Su muerte congregaba culturas, individuos, expectativas.

La mujer que agradeció ese acto de la memoria, sabía, lo que ha descubierto desde décadas, que su esfuerzo no ha sido en vano. Ha logrado que su hijo, un NN, se haya transformado en un símbolo de la lucha por la dignidad humana.

También da una fuerza necesaria a las agrupaciones y hombres y mujeres que luchan por la justicia social y la dignidad del hombre. Quizá siempre tendrán días oscuros; la persecución, el exilio, la muerte, la cárcel; pero siempre agradeceremos a estos defensores su tenacidad y su fe en la dignidad de la condición humana.

Con su persistencia, a la vez política, a la vez ética, se ha convertido en “muchos otros nombres que en nada se parecen: Ofelia, Margarita, Elvia, Josefa, Yolanda, Laura...”, como escribiría en su Hoja de Vida, esta “mujer sin importancia”.

25 de julio de 2012, Medellín-Colombia
                                                                                                   
Referencia bibliográfica
El artículo anterior ha tomado su mayor información del bello artículo autobiográfico, un manifiesto de justicia y dignidad, “Último vuelo del cirirí” de Fabiola Lalinde aparecido en el libro El cielo no me abandona (2007).


Compartimos AMARILLO, un documental sobre ejecuciones extrajudiciales en Colombia.

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